domingo, 11 de diciembre de 2022

Ensayos y artículos de reflexión 15

 Ensayo o artículo de reflexión


El cuerpo de los “otros”

Los harapientos, los expósitos, los gamines y los indeseables

Carold Andrea Hernández Gómez*


                                                        “…Estos seres abandonados formarían una masa social indefensa, por                                                         su curia y miseria, cultivadora y emanadora de gérmenes patógenos                                                         que llevaría a todas partes las más crueles y mortíferas epidemias como                                                         el tifo, la viruela, la peste, la cólera, la tuberculosis etc., prontas a subir y atacar sin misericordia las más altas capas sociales… “

Camero, Gabriel (1910)


Este texto presenta a grandes rasgos las preocupaciones y sospechas que se fueron tejiendo a finales del siglo XIX y principios del siglo XX en la sociedad Santafereña sobre la enfermedad, la higiene, la limpieza, la salud, el desaseo, el hedor, que circulaba por doquier sin ningún control, especialmente sobre los cuerpos putrefactos de aquellas carnes en constante descomposición, laceradas por el frío, el hambre, la miseria y el sudor. En este sentido, la mirada se centró particularmente sobre aquellos focos cargados de descuido y promiscuidades; los pobres, el pueblo, pero, sobre todo, aquellos -indeseables- arrojados a las calles, los chinos o gamines, vagabundos, descalzos y harapientos que pululaban y eran parte del paisaje capitalino. Aquellos que acrecentaban las epidemias, los desechos, el atraso, la barbarie y se convertían así en un peligro social y moral para las élites.

Con lo anterior, se desplegaron una serie de prácticas, instituciones y saberes que instalaron unos mecanismos de intervención para contrarrestar este fenómeno, el cual era una amenaza inminente para la cultura y el progreso de los intelectuales y los “nobles” de la época. A partir de estas situaciones surgen interrogantes como ¿Qué tipo de estrategias y dispositivos circularon para higienizar los cuerpos de los más “pobres”? ¿Cómo se fueron articulando los discursos para intervenir y erradicar los “focos de miseria e infección”? 

La imagen de las calles capitalinas, sus plazas, las iglesias, los parques, fueron escenarios que comenzaron a verse invadidos por una serie de sujetos, que por diversos motivos no tenían un familiar que los acogiera; seres que carecían de un hogar y que luchaban por su sobrevivencia, se nombran los “gamines” los niños abandonados, los huérfanos, los expósitos, los pilluelos, los vagos, los muérganos o los chinos . Esos sujetos proliferaban en las calles, en los conventos, en los hospicios, en los sitios de caridad; su cuerpo estaba impregnado de suciedad y de infecciones, su rostro reflejaba el hambre y sus ojos la profunda miseria e indiferencia de una sociedad beata que, dándose golpes de pecho, cerraba los ojos ante la realidad acusante. Son llamados los niños, niñas y jóvenes del olvido. Ellos se hicieron una constante en distintos sitios, estaban presentes en el tejido y la voz de cada época. Ellos/as aparecen inmersos en un engranaje sociocultural que los nombra y los ubica de forma diferente de acuerdo con las necesidades, vínculos y estrategias de cada periodo histórico. 

Así lo develan los archivos y documentos que muestran un panorama de temor higiénico y malestar proveniente de médicos, higienistas, ingenieros sanitarios, intelectuales, damas de sociedad. Mirada que se posa sobre los cuerpos míseros, con prácticas primitivas que ignoraban los beneficios del agua y la ropa limpia, más aún, seres que trasegaban sin ninguna protección o auxilio.  

            Una piel negra, áspera, seca, marchita, cubre sus huesos; el pecho lo forma un esqueleto óseo                    descarnado, flaco y cadavérico; el vientre reposa sobre el esqueleto óseo de los lomos, y forma así             una grande excavación que parece denunciar la capacidad alimentaria de otros tiempos; y no                    hablemos ni de su estado mental o moral, y menos del acopio de gérmenes que aquellos                            organismos encierran. (Gómez J. 1989, p. 37 citado por: Noguera C., 2003, p. 62)

Esos fragmentos van tejiendo una serie de imaginarios que ponen a circular prácticas que recaen sobre estos sujetos, pues sobre ellos empieza a ceñirse inicialmente la indiferencia, pero posteriormente se da una sospecha y desconfianza de que amenacen la integridad y el bienestar de las personas o familias acomodadas. Asimismo, bajo un poder moralizador y religioso se habla de que son pobres cristianos que merecen la misericordia y caridad de aquellos bienaventurados que, si han tenido un techo y una familia, esto coexiste con la preocupación por la higiene y las buenas costumbres que circularon desde finales del siglo XIX hasta principios del siglo XX –particularmente-  

            (…) actualmente las plazas todas de la ciudad y especialmente la de la Concepción, contemplan                con estos menores un problema de extraordinaria gravedad, ya en lo que se refiere a los niños en                sí, cuya salud se está minando con las emanaciones pútridas de las frutas en descomposición, ya                por el estado del pavimento de los patios que en tiempo de invierno se convierten en pestilente                    lodazal; pero aun cuando esta última causa no subsistiera, no por eso dejaría de ser perjudicial para             la salud de los mismos el estar en contacto directo con los víveres y respirando un aire viciado.                    Refiriéndonos a los gamines que pululan por la plaza, acosados por el hambre agregamos: no es                menos repugnante y perjudicial, bajo el punto de vista de la higiene física y moral, el espectáculo                que presentan los gamines que a diario pululan por la plaza, escogiendo las frutas en                                    descomposición que arrojan las expendedoras de estos artículos… (El Tiempo, 1924 citado por:                Pachón & Muñoz, 1991, p.160)

Pero ¿Cómo controlar la “epidemia” de tantos menores que no tenían a nadie que los vigilara y los educara? ¿Cómo lograr que la falta de higiene y la miseria no se acrecentara? ¿Qué tipo de intervención era pertinente para ellos y ellas?  Este tipo de fuerzas y tensiones conduce a que una serie de instituciones emerjan y se establezcan como lugares propicios para asistir y prestar ayuda a esos niños y niñas desvalidos como a otros sujetos que vivían en las calles; se empieza a hablar de sitios como habitaciones higiénicas, Beneficencia, Hospicios, Casa de Recogidas, Orfanatos, Asilos, sitios que funcionaron con inversiones de instancias gubernamentales y en gran parte con dineros privados o donaciones. Entre los entes que colaboraron se hallaban las Juntas de Habitaciones obreras, el Instituto social en Bogotá y el Banco Central Hipotecario. 

Una de las primeras instituciones a la cual se les encargó dicha misión de higienizar y de moralizar a la población más infeliz y vulnerable, fue la Beneficencia de Cundinamarca. 

            La primera institución de beneficencia que se creó en Colombia fue la del Estado Soberano de                    Cundinamarca. Fundada el 15 de agosto de 1869, la Beneficencia de Cundinamarca empezó sus                labores de asistencia en tres frentes: hospicios de niños expósitos, asilos de mendigos, niños                        desamparados, locas y locos y el Hospital de San Juan de Dios. El Asilo de preservación para niñas             desamparadas, que separaba a las niñas de los niños en una institución especializada, fue                            reconocido solo en 1919 a través de la Ordenanza No. 65 de mayo 30 del citado año.  (Sànchez                Salcedo, 2014, p. 68).

Dentro de estos lugares se instauraron una cantidad de prácticas en aras de propiciar un cambio y evitar una epidemia de mayor magnitud a las ya presentadas en la época, se buscó controlar, aislar y conducir a los hijos e hijas de la calle. Respecto de esto, el cuerpo aparece como el lugar preponderante para ceñir dichas intervenciones, sobre este lugar van a recaer diversos ejercicios de control y sujeción, pues los cuerpos débiles, inestables, desnutridos, sifilíticos, carentes de un seno materno y de la familia, expuestos al hambre, miseria y suciedad, sin ninguna alimentación orgánica o espiritual, son nichos que encarnan las enfermedades y la degeneración. 

            La estrategia del poder moral actuará como dispositivo colocando la idea con predominio sobre el             cuerpo, el cuerpo será sometido al reino de las ideas; (…) no sometido a la ley natural y divina,                sino, a la ley civil y social. (Herrera Beltrán, C. X, 2011, p, 500)

En consecuencia, se requería de una intervención a través de la cual se higienicen, no sólo hablando de limpieza sino de nutrición, con posturas acordes, mobiliarios, prácticas sanas, normas y arquitectura pertinentes para un nuevo mundo industrializado que se estaba gestando en el país.  La vigilancia, el disciplinamiento y el castigo se impregnaron en el cuerpo de los harapientos y expósitos, pues los “ejes” de misericordia, piedad y caridad cristiana establecían prácticas y oficios encaminados a garantizar la buena instrucción de estos niños pobres, en aras de alejarlos de las calles, la miseria y la delincuencia.  

Generalmente, se daban lecciones de aseo, limpieza, primeras letras, que supieran leer, escribir, contar y ejercer la moral cristiana, combinado con ejercicios militares para los niños y nociones de agricultura. 

            Una vez ubicado en el Asilo, la estrategia de intervención que se impartía a los menores cumplía,                de modo general, un mismo esquema de instrucción, formación religiosa y actividades productivas.             El tipo de instrucción (civil y/o militar), así como las labores productivas a desarrollar, fueron                    diferentes según el sexo y la estrategia pedagógica seguida por el establecimiento. De modo                        general, la instrucción combinaba “clases de lectura, escritura, doctrina cristiana y aritmética”                    (Junta General de Beneficencia de Cundinamarca 1919 citado por: Sánchez Salcedo, 2014, p. 83) 

Se buscaba que el trabajo, la práctica de higiene y la obediencia fueran los pilares de estas almas; que de forma individual se convirtieran en virtuosos, sirvieran a la patria y se alejaran de ser los que albergaban gérmenes, suciedad y lo malsano. Su rutina de trabajo iniciaba desde muy tempranas horas. A cada uno se le asignaba un surco para que lo cultivara, pero adicionalmente tenían otras labores de acuerdo con su sexo. “El trabajo inclinaba hacia lo útil, alejando la infancia de la indolencia y la imaginación. De allí que fuera fundamental trabajar antes que jugar o perder el tiempo” (Herrera Beltrán, C. X, 2011, p. 508)

Pero dichas prácticas de intervención también se aplicaban de forma diferenciada, pues mientras el universo masculino giraba en torno a lo militar, la destreza, el manejo de armas; el universo femenino estaba encaminado al servicio doméstico pues muchas de estas niñas eran entregadas como sirvientas o empleadas para las casas de familias adineradas. Posteriormente, en varios sitios de beneficencia empieza a darse la enseñanza de otros oficios como herrería, latonería y carpintería. Bajo la mano de la misericordia y la caridad cristiana se les mostraba a aquellos niños y niñas que si eran virtuosos tendrían la salvación y una mejor vida en la eternidad, mientras tanto debían engrandecer la patria, servir con humildad y sumisión pues la instrucción que se les brindaba era acorde a su posición humilde, a la jerarquía social y la división sexual, se buscaba moralizar e imprimir de buenas maneras a estos niños y niñas, para que no fueran una vergüenza para la sociedad. 

Finalmente, en el cuerpo de estos sujetos se imprimieron diversas prácticas de disciplinamiento, intervención y control desde un dispositivo pedagógico, jurídico, médico y moralizador. En aquellas instituciones que los albergaban, si bien se daba una estrategia de individualización, también se buscaba regenerar el cuerpo de ellos, con modalidades de vigilancia, castigo, manejo del tiempo , producción y trabajo. Siguiendo los postulados de Foucault se da una anatomopolítica, donde se controla la conducta, el comportamiento, las aptitudes, para situar a estos sujetos en lugares útiles. 

            Uno de los polos, al parecer el primero en formarse fue centrado en el cuerpo como máquina: su                educación, el aumento de sus aptitudes, el arrancamiento de sus fuerzas, el crecimiento paralelo de             su utilidad y docilidad; su integración en sistemas de control eficaces y económicos, todo ello                    quedó asegurado por procedimientos de control característicos de la disciplina: anatomopolítica del             cuerpo humano. (Foucault, 1984, p. 168-169).

Puesto que era necesario “hacer vivir” los cuerpos de esos “otros” que estaban al margen de la moralidad, la limpieza, el encanto y las buenas costumbres, pero bajo un gobierno de la bio eficiencia, con técnicas que los hicieran útiles, sanos, trabajadores y obedientes para que ya no concentrarán la miseria, el pecado, el abandono, el hedor y las enfermedades.  


*Magister en Educación 2019 UPN. Escrito producido en el 2016 cuando era estudiante.


Referencias bibliográficas.

Foucault, M. (1984). Historia de la sexualidad. Voluntad de saber (XIII edición). México: Siglo XXI.

Foucault, M. (1992). La microfísica del poder, Madrid, Piqueta. 

Herrera Beltrán C. X. (2011) “Educación física y biopolítica: Un asunto de género en la escuela colombiana” en Scharagrodsky, Pablo Ariel, (comp.) en La invención del homo gymnasticus. Fragmentos históricos sobre la educación de los cuerpos en movimiento en occidente. Editorial Prometeo.

Herrera Beltrán, C.X; Buitrago, N. (2012) “Capítulo III. El cuerpo del niño al interior de la organización temporal de la escuela primaria en Colombia entre 1870 y 1890”. En: Escritos sobre el cuerpo en la escuela: Sujetos, prácticas corporales y saberes escolares en Colombia. Siglos XIX y XX.. Bogotá.  Editorial Kimpres Ltda. 

Noguera, E. (2003). Medicina y Política Discurso médico y prácticas higiénicas durante la primera mitad del siglo XX en Colombia. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT.

Pachón, X., & Muñoz, C. (1991). Los chinos Bogotanos a principios del Siglo 1900-1929. Maguaré. Departamento de antropología, Universidad Nacional, 153-163.

Sánchez Salcedo, J. F. (2014). Los hospicios y asilo de la Beneficencia de Cundinamarca entre 1917-1928: discursos y prácticas. Sociedad y Economía No. 26, 65-92.

Vigarello, G. (2006). Lo sano y lo malsano. Madrid, Abada Editores, 


Editorial 15

 Editorial


Cordial saludo a todos nuestros lectores, este número aborda inicialmente la experiencia de la lectura y la escritura que se realiza dentro del programa de Especialización en Pedagogía de la Universidad Pedagógica Nacional en Colombia. Muestra en detalle ese paso a paso en el que se acompaña al estudiante en sus procesos lectores y escritores; así mismo, en las dificultades que encuentra.  Igualmente, pone de manifiesto las vicisitudes de quien se debate entre el escribir o el investigar, como asuntos disociados y no como esa construcción del pensamiento.  

Posteriormente, se presenta la Reseña de un texto de Rockwell, que nos acerca a las miradas de la etnografía, lo que en ella o desde ella es posible pensar o hacer, la reseña nos va contando esa experiencia que exige un ejercicio etnográfico y sus posibilidades en el terreno de la investigación dentro de la escuela o para la escuela, mirar más allá de lo obvio la cotidianidad escolar.

A continuación, en el apartado denominado “Avances de investigación” se aprecia un análisis de aquello que se investiga en educación dentro de los programas de posgrado, texto que interroga y pone en entredicho los ejercicios investigativos, invitando a pensar en las maneras como se asumen las investigaciones, para dejar planteadas más preguntas que respuestas.

Finalmente, presentamos un ensayo o artículo de reflexión sobre “El cuerpo de los “otros”: los harapientos, los expósitos, los gamines y los indeseables” donde se aborda la enfermedad, la higiene, la limpieza, la salud, el desaseo, el  hedor,  que circulaba por doquier sin ningún control, especialmente sobre los cuerpos putrefactos de aquellas carnes en constante descomposición, laceradas por el frío, el hambre, la miseria y el sudor en Santafé de Bogotá a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. 

Estamos pues, frente a un número del blog con reflexiones variopintas, que busca ampliar las miradas sobre la investigación y la pedagogía para reflexionar sobre esa cotidianidad normalizada que atraviesa a quien escribe, a quien mira y a quien investiga.


domingo, 12 de diciembre de 2021

Leer y escribir 14

 

Leer y escribir


Investigar o sobre el acto de problematizar

Oscar Espinel-Bernal[1]

 

“Ahora, ya que estamos con la P, quería hablar del profesor o profesora como preparación. Como alguien que se prepara […]

Y... preparar no es la misma cosa que planificar”.

                                    Walter Kohan, Abecedario de infancias: entre                                            educación y filosofía

 

"Transformar el mundo no es otra cosa que modificar eso último para lo que no tenemos nombre"

María Zambrano, Aforismos


Hay un gesto de la filosofía que poco a poco entra en desuso en medio de la voraz carrera de la información y el conocimiento. Aunque arrinconado, nunca pasa desapercibido. Se trata del asombro que asoma en medio de los sistemas de certezas y respuestas inmediatas. Este gesto filosófico implica situar y asumir como desconocido lo que creemos conocer. De allí la sorpresa y el detenimiento que provoca.

Es un gesto que mantiene viva y actual la capacidad de preguntar, de interpelar y hasta de conversar. Si cada interlocutor (si cada lector) se presenta ensimismado en sus verdades, difícilmente podrá darse aquel momento de la apertura que significa el diálogo y, por tanto, el aprender. La exploración y el hallazgo se nutren, en primera medida, de la inquietud, el no saber (de impronta socrática) y la sensación de novedad que marca aquello des-conocido.

Este gesto filosófico hace de lo normal, común y acostumbrado, un problema. Se trata de un extrañamiento frente a lo habitual que, a fuerza de la repetición, terminamos por asumirlo como conocido; aunque, en el mejor de los casos, solo hayamos explorado un pequeño margen de sus posibilidades.

Hacer de lo cotidiano algo extraño significa reconocer que, aunque usual, no es definitivo. Significa comprender la provisionalidad e historicidad de aquello que tiende a presentarse como único e invariable. En otras palabras, es un movimiento de desnormalización de lo normalizado, de lo hecho normal.

Este es un gesto, un gesto filosófico -si nos lo permiten-, presente en el acto de leer, pero también en el acto de investigar. Es un gesto que tiene que ver con una actitud, una disposición, una sensibilidad: la de la inquietud, la de la pregunta que incomoda, desacomoda, altera, trastoca, des-naturaliza. La pregunta auténtica, honesta y elaborada, es una pregunta que rompe e irrumpe en la normalidad de la cotidianidad para hacernos ver cosas que no veíamos; para mostrarnos que hay cosas que aún no hemos visto. Podríamos decir que, de algún modo, esta manera de preguntar da forma a objetos antes imperceptibles, inexistentes, im-pensados.

Por tanto, es una pregunta que crea: crea objetos, crea modos de preguntar, crea posibilidades. Crea problemas. A esto es a lo que podemos llamar problematizar. En este orden de ideas, la función de la investigación –pensada desde este gesto filosófico– es problematizar en tanto acto de pensar, en tanto acto de pensamiento. Solo así, movidos por la potencia de la pregunta, el extrañamiento y la sospecha, será posible ver de otro modo y preguntar de otros modos. Preguntas distintas permiten respuestas distintas, recorridos nuevos y horizontes renovados. De hecho, la investigación es ante todo eso: darle forma a las preguntas y a las formas de preguntar.

Dicho todo lo anterior, también podemos insistir en la comprensión de la investigación como una apuesta por crear maneras de aproximarnos a eso que llamamos realidad, mundo o verdad. Investigar es una apuesta en él y por el conocimiento. A este respecto, nos dice Larrosa:

A lo mejor eso que sabemos (o que creemos saber), lo sabemos (o creemos que lo sabemos), precisamente porque nunca nos lo hemos parado a pensar (2008, p. 277).

Es algo que Sócrates asumió como tarea hace más de dos milenios y que la filosofía incorporó como tarea propia.[2] No porque sea un asunto exclusivo de ella (pues sabemos que el pensar es algo que excede sus limitadas fronteras), pero sí porque se obstinó con ello, con hacer ver que en realidad no se sabe lo que se dice saber, lo cual no es otra cosa que desenmascarar, mostrar o hacer ver la fragilidad, finitud y estado de inacabamiento de aquello que decimos saber.

El curso de la normalidad y la repetición hacen perder de vista el carácter histórico de las verdades, los sistemas explicativos, las sociedades y sus códigos culturales. Hacen ver como natural y universal lo que no es más que artificio e invención. Ahora bien, que sea invención o artificio no significa que no esté, que no sea “real”, que no nos afecte, que no sea válido; significa que es provisional, limitado, modificable.

¿No nos pasa frecuentemente esto en nuestra cotidianidad, en nuestros trabajos, en el aula, en la relación con nuestros campos disciplinares? ¿No nos pasa comúnmente que caemos en la trampa de pensar que ya todo está hecho y que no puede cambiar, que no hay manera de cambiar? ¿No caemos en la tendencia a seguir modas, modelos y fórmulas de manera irreflexiva e imitativa? ¿No nos pasa usualmente que seguimos objetivos sin preguntarnos por ellos, por sus alcances, implicaciones y posibilidades? Usualmente, en el día a día, caemos en la aceleración provocada por la competencia, en la urgencia de la acumulación y en la acción mecánica e inercial con el fin de cumplir con nuestro trabajo de manera efectiva y eficiente, evitando al máximo las dificultades y retrasos para cumplir con lo que hay que hacer. Imbuidos en las urgencias diarias, nos convencemos, de distintos modos, que no tiene sentido intentar cambiar lo que ya está hecho y que no puede ser de otra manera.

Quizás, todo esto sucede porque el peso de la costumbre ha terminado por minar toda posibilidad de pensamiento, de reflexión y, por tanto, ha lesionado la posibilidad de modificación, de acción, de creación. De ahí, el valor de hacer un alto en medio de la vertiginosa velocidad de las urgencias diarias y de la monotonía de lo mismo, para dar lugar a la pregunta, a la problematización, a la reflexión por lo que hacemos y lo que somos. No hay que olvidar que el ser humano tiene la facultad de hacer-se mediante su acción. Es algo de lo que no podemos escapar: somos nosotros quienes damos forma a lo que somos e incidimos en los modos que asumen los espacios y entornos que habitamos.   

Volvamos a Sócrates para continuar merodeando la cuestión de la investigación, la problematización y el preguntar. ¿Pensar? ¿Qué es eso de pensar? A propósito de esta intranquilidad permanente en la que venimos insistiendo, se pregunta Larrosa:

¿No será eso pensar?, ¿convertir en problema lo que se da como solución?, ¿convertir en pregunta lo que se da como respuesta?, ¿convertir en oscuro lo que se da como claro y evidente?, ¿inquietar lo que sabemos o lo que creemos saber? (2008, p. 277).

Se trata de un pensar que desacomoda. Un pensar que no se agota ni consuela con las respuestas o sistemas explicativos, pues les entiende como estadios de un largo trasegar… ángulos posibles de mirada dentro de la complejidad del paisaje.

¿Y si, junto al pensar, comprendemos esa actitud inquisidora como cercana al aprender? El mismo Larrosa vuelve a apuntar que el “aprender tiene que ver con el saber, con llegar a saber lo que no se sabía” (p. 277). Si esto es así, quiere decir que el saber es el efecto del aprender. Si el saber es el producto, el aprender es la acción. En consecuencia, podemos afirmar que el aprender antecede al enseñar. Nadie enseña lo que no sabe y nadie sabe lo que no aprende. Por tanto, nadie enseña lo que no ha aprendido.

Así es que, abriendo un paréntesis en este punto, podemos plantear, una vez más, que el enseñar tiene que ver no solo con el conocimiento sino, ante todo, con el aprender. Un aprender que excede la información, el dato, la certeza, sin dejar de relacionarse con el conocer y con el conocimiento. En otras palabras, lo que podemos señalar es que a la base de nuestra labor como docentes se encuentra –o nos encontramos– con la pregunta epistemológica: ¿Qué es conocer? ¿Cuáles son las posibilidades y condiciones del conocimiento? En breve, ¿Cómo se produce el conocimiento? Pero, aún hay más, pues sobre todos estos interrogantes emerge la pregunta epistemológica que más nos interesa como profesores y profesoras: ¿Qué tipo de relación establezco y es posible establecer con el conocimiento? ¿Qué tipo de relación con el conocimiento habilito, propicio, alimento en mi ejercicio docente?

Cerremos el paréntesis y continuemos con Larrosa: “pero aprender tiene que ver también con el pensar, con el pararse a pensar lo que ya se sabe” (2008, p. 277). El aprender, como el pensar, tiene que ver con aquel «sentirse extranjero», nunca en territorio propio, cómodo y conquistado. El aprender, como el pensar, se asemejan a la expedición constante y al espíritu de aventura en búsqueda de nuevas regiones, experiencias y hallazgos. Sospechar, cuestionar, mirar con atención, volver a preguntar para (des)aprender lo ya aprendido, todo ello tiene que ver con el pensar. ¿No es acaso eso lo que hacemos cuando leemos, cuando volvemos sobre algo que ya hemos leído? ¿No es eso lo que hacemos cuando preparamos nuestras clases, cuando visitamos textos y autores alguna vez ya visitados? ¿No es eso lo que hacemos cuando hacemos de nuestras prácticas cotidianas y los espacios que frecuentamos, objeto de nuestro preguntar, de nuestra investigación? Ciertamente, el enseñar tiene que ver con el aprender y, a su vez, el aprender tiene que ver con el enseñar. Y, como ha de inferirse, tanto el enseñar como el aprender, tienen que ver con el investigar, con el leer y, por supuesto, con el escribir… con el escribir-nos.

 

Referencias

Kohan, W. (2019). Abecedario de infancias: entre educación y filosofía. En: Pulido, O, Espinel, O y Gómez, M.A. Filosofía y Enseñanza. Miradas en Iberoamérica. Tunja - UPTC

Larrosa, Jorge. (2008). Leer (y enseñar a leer) entre las lenguas. Veinte fragmentos (y muchas preguntas) sobre lenguaje y pluralidad. En: Hoyos, Guillermo (ed.). Filosofía de la educación. Madrid: Editorial Trotta. pp. 277-292.

Zambrano, M. (1999). Dictados y sentencias. Barcelona: Edhasa


[1] Profesor del Depto. de Posgrados de la Universidad Pedagógica Nacional. oespinel@pedagogica.edu.co

[2] “Solo sé que nada sé” acostumbraba a decir Sócrates como invitación a pensar. Un pensar que, además, se realiza con otros y junto con otros a través de las múltiples figuras que asume dicha otredad.

Ensayos y artículos de reflexión 14

Editorial 14

 

Editorial

Tenemos en este número, una reflexión del profesor Oscar Espinel, sobre la problematización en la investigación. En su texto, el profesor establece una relación entre el pensar, el preguntar y la realidad, cuestiona esos modos y maneras de acercarnos al conocimiento y llama la atención de estos sentidos en la investigación, cuando todo se normaliza o cuando no se es capaz de leer de otro modo eso que vemos. Es pues, una lectura para pensar el problema en la investigación, pero desde el pensar. En segundo lugar, está la reseña elaborada por el estudiante Andrés Felipe Ramírez quien nos habla del texto La práctica pedagógica como núcleo de experiencia: Herramienta conceptual para su caracterización de la profesora Marín. En sus análisis nos muestra los planteamientos de la autora en relación con la práctica pedagógica y las posibilidades que ella ofrece cuando se mira el oficio del profesor. Finalmente, en los avances de investigación, el estudiante de maestría Alfredo Navia Garrido nos presenta su trabajo investigativo sobre lectura crítica, sujeto y discurso pedagógico donde avizora desde la acción comunicativa de Habermas, las implicaciones que ella conlleva cuando se hace lectura crítica, entrecruzando esas configuraciones del sujeto desde el discurso y las formas de relación de este con la cultura y, de esos modos considerados por el estudiante críticos a la hora de leer. Están todos invitados a acercarse a estas posturas acerca de la lectura y la escritura en clave de la investigación y de la práctica pedagógica.

Reseñas 14

 

La práctica pedagógica como núcleo de experiencia: Herramienta conceptual para su caracterización - Dora Lilia Marín Díaz

“Práctica pedagógica y formación de maestros”

 

Andrés Felipe Ramírez Ospina[1]

 

La práctica pedagógica es un concepto amplio que ha hecho referencia a aspectos en la formación y evaluación de maestros, las políticas públicas nacionales e internacionales y la condición de experiencia y problematización contemporánea. Esta última, es abordada en el texto a reseñar, escrito por Dora Lilia Marín, doctora en Educación, investigadora del grupo Historia de la Práctica Pedagógica y profesora de la Universidad Pedagógica Nacional.

La práctica pedagógica se puede considerar como elemento central de la educación escolar y ejercicio profesional de los maestros, la cual contiene técnicas y fines que la caracterizan en espacios y tiempos concretos; sin embargo, esta es más que el simple hacer del maestro y la suma de criterios de formación curricular.

Como núcleo de experiencia, la práctica pedagógica es una problematización contemporánea con visibilidad en los discursos educativos, con influencias de orden político y económico, individual y colectivo. Marín, citando a Foucault, menciona que en ella se articulan tres dimensiones fundamentales “las formas de un saber posible”, “las matrices normativas de comportamiento para los individuos” y “los modos de existencia virtuales para sujetos posibles” las cuales permiten afirmar que la práctica pedagógica es una experiencia “particular, histórica, social y culturalmente localizada” Marín (2018).

Desde lo anterior, la autora describe la práctica pedagógica como una matriz de experiencias, donde el ejercicio pedagógico es la cima o resultado de una configuración en las reglas que orientan su experiencia profesional. Esto implica que el maestro es un “sujeto susceptible de ser pensado”, lo que permite analizar cómo se configuró la práctica y cómo se derivan los modos (veridicción, subjetivación, normatización) que la determinan.

De este modo, la dimensión de las formas de veridicción “hace referencia al campo tensional entre el conocimiento y el saber común” (Marín, 2018), en esta dimensión, los saberes establecen tensiones entre los saberes específicos y saberes pedagógicos de los maestros, los primeros se derivan de la formación en disciplinas o áreas presentes en el currículo y los segundos, se argumentan desde la experiencia concreta derivada del ejercicio profesional.

La dimensión referida a las formas de normatización, corresponde al grupo de normas y reglas, Foucault afirma que estas son “en parte tradicionales, en parte nuevas, que se apoyan en tradiciones religiosas, judiciales, pedagógicas, médicas” que limitan o permiten determinados modos de conducta, regulan el comportamiento del maestro (lo aceptable o no) y a los que se vinculan a su práctica. En este aspecto, el derecho y el uso del lenguaje legal han modificado la práctica y la relación pedagógica.

La dimensión de las formas de subjetivación se refiere a “la manera en que los individuos se ven llevados a dar sentido y valor a su conducta, a sus sueños, a sus deberes, a sus placeres, a sus sentimientos y sensaciones” (Foucault, 1986) en la práctica profesional. En esta dimensión los individuos se tornan sujetos de la práctica pedagógica, reconociendo técnicas y tecnologías que definen la relación que cada individuo establece consigo mismo y con los otros, asumiendo el “papel que se le reconoce” (Marín, 2018).

Ahora bien, la posición del maestro en los contextos de la dimensión de las formas de subjetivación ocupa un lugar con cierta autoridad. Debido a la interacción con la formación profesional y la carrera docente, la posición del maestro se redefinió en la de “función docente”. Es así como, reconocer que el maestro ocupa una posición diferente de sujeto en la práctica pedagógica, significa que no es una práctica individual, que se ajusta a condiciones específicas pero que no es independiente de las normativas y las formas de saber en un momento y sociedad determinada. Para Marín “La práctica pedagógica define la experiencia particular de un individuo que se vincule o se torne sujeto de ella”.

Describir la práctica pedagógica supone entonces reconocer la práctica en una relación entre las dimensiones del saber, las matrices normativas y los modos de existencia. Es así como, al realizar su caracterización, la práctica se puede entender como “aquello que los individuos realmente hacen cuando hablan o cuando actúan”, la cual permite a los maestros reconocerse como sujetos de una práctica actualizada por los modos concretos de practicarla, alejándose de las políticas educativas y de los discursos que invisibilizan su saber.

Teniendo en cuenta lo anterior, es posible concluir que la reflexión e investigación en la práctica pedagógica empoderan al maestro como sujeto, posibilitan nuevas formas éticas y políticas de pensar la enseñanza; además, crean espacios de emancipación que si bien, conviven con las políticas educativas, permiten reconocer y expandir los alcances de la práctica profesional docente.

 Referencias

Marín, D. L. (2018) La práctica pedagógica como núcleo de experiencia: Herramienta conceptual para su caracterización. En Barrantes Clavijo, R. Práctica pedagógica y formación de maestros. Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá. Colombia. Págs. 55-64.



[1] Estudiante de la especialización en pedagogía. Texto producido en el marco del seminario de problematización de la práctica pedagógica con el profesor Bernardo Galindo.

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 Condiciones de publicación


1. Sección de avances de investigación. 
Avances referidos a aspectos teóricos, metodológicos, autor de interés, tema de interés. (No se reciben artículos de investigaciones concluidas por cuanto no tiene el lugar de una revista indexada que si los requiere en su dimensión). 
Aspectos formales: Autor único, condiciones del ensayo: desarrollo de la tesis y bibliografía. 4 cuartillas. Times new roman 12. Espacio sencillo.

2. Sección de ensayo, artículos de reflexión (producto de seminarios temáticos). 
El escrito enviado debe referir el seminario en el marco en el cual se produce. 
Aspectos formales: Autor único, condiciones del ensayo: desarrollo de la tesis y bibliografía. 4 cuartillas. 4 cuartillas. Times new roman 12. Espacio sencillo.

3. Sección de reseñas de libros leídos en la Maestría. Aspectos formales: Escrito-Reseña que dé cuenta de alguna de las lecturas realizadas en el marco de la Maestría. 
Aspectos formales: Autor único y bibliografía. 2 cuartillas. Times new roman 12. Espacio sencillo.

4. Sección de memorias de eventos en los que se haya participado (poster, taller, resumen de ponencia, panel). 
Aspectos formales: Resumen. 2 cuartillas. Times New Roman 12. Espacio sencillo. Se debe incluir datos del evento en mención. Y su formato será en WORD.

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